Arquitectura, ¿para quién?

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¿Existe hoy en día el “espacio público”? O, ¿acaso nos encontramos ante un espacio que ha sido privatizado y está sujeto a normas que prohíben explícitamente nada que no esté específicamente permitido dentro de los términos de servicio?

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Cierto es que sería muy ambicioso y poco modesto tratar de responder a una pregunta así en un texto breve como este pero, en síntesis, un espacio público es y debe ser un sitio de reunión y encuentro que permita ser utilizado por una colectividad de modo confortable. En este sentido, es obligación y necesidad que se propicie una visibilidad y percepción generalizada, a partir de la libertad de circulación y ocupación.

Hace pocos meses hubo gran escándalo por la preocupante tendencia de las ciudades europeas y de los países que penalizan las personas sin hogar como un intento de solución rápida para ocultar los signos de aumento de la pobreza. Aparecieron fotos de mobiliarios urbanos que poseen clavos de metal y otros dispositivos para evitar de modo cruel que los vagabundos pasen la noche en rincones de edificios, bancos de plaza y otros sitios. No pretendo extenderme ni hablar demasiado sobre las fotos que ya estuvieron circulando a causa del morbo porque lo cierto es que este tipo de mecanismos existe ya hace muchos años. De alguna forma, esto podría considerarse la punta del iceberg de una creciente hostilidad en los entornos urbanos, donde se malgasta el esfuerzo en diseños poco útiles.

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Ante la situación de un mundo sin rumbo aparente, la arquitectura carece de un sustento ético que la legitime. El privilegio de las formas, la exaltación de la tecnología y las demostraciones de poder suelen acaparar las revistas de arquitectura con fotos de fachadas inmensas y volúmenes inconcebibles que parecen productos de consumo masivo, olvidando que, ciertamente, se hace arquitectura para que los humanos habitemos.

Si una arquitectura contemporánea es la que resuelve los problemas del presente absoluto, es decir, del momento vivido, ¿es una arquitectura como la de Rem Koolhaas o Zaha Hadid posible de ser considerada contemporánea? Claro está que la modernidad los tenía: Le Corbusier y Mies, entre otros, desarrollaron una arquitectura que como condición ineludible demandaba un desarrollo social de la educación democrática de la comunidad. Hoy, en cambio, ¿poseemos esa necesidad que se ancle de un sustento?

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Hace poco que soy estudiante de arquitectura pero no me es difícil notar que no son sólo los arquitectos y diseñadores los culpables, sino más bien nuestra sociedad en general. Tampoco tardé mucho en darme cuenta que la facultad difiere del mundo real donde la arquitectura -mal llamada- social pareciera ser una pérdida de tiempo. Resulta frustrante saber que muchos estudiantes deciden ser arquitectos porque tienen la idea de hacer una diferencia cuando en la realidad vemos a profesionales que solo siguen los antojos y pretensiones de comitentes para simplemente pagar las cuentas y poder ir al supermercado. La mirada pareciera estar en una arquitectura de autor que solo se dedica a crear objetos de diseño que mucho de arrogancia y poco de humanismo tienen. De este modo, poco seguro estoy de que podría continuar ejerciendo mi profesión si tuviera que diseñar tales artilugios.

Lejos de intentar acumular más palabras de lo que ya mucho se habló, es necesario, si no queremos ver a gente sin hogar en espacios públicos, poner fin a la falta de vivienda de modo estratégico y no con parches que violan los derechos de las personas y desplazan al desprotegido en lugar de resolver el problema. La solución al problema tampoco está en esa arquitectura hecha por activistas de ensueño que asomó tímidamente en estos últimos años en la arquitectura mediática. Sin dudas, es absolutamente ingenuo pretender planificar ciudades a partir de los intereses populares por sobre la especulación mobiliaria sin un sustento teórico y práctico que sea capaz de revertir el status quo. Cuando la dimensión ética, espiritual y filosófica desaparece, solo quedan los principios y razonamientos del mercado.

Por eso, es preciso pensar en una solución que atente a las crisis, esté preparada para las dificultades del mundo actual y resuelva los problemas sociales a gran escala. En definitiva, es importante denunciar toda acción hostil de la arquitectura y manifestar disconformidad así como también agudizar la mirada al momento en que nos topamos con mensajes que parecen proponer un cambio de discurso pero no son más que una falsa demostración de caridad.

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Creo que la arquitectura carece hoy de un por qué. Que las ciudades son la solución pienso que es algo consensuado pero, ¿qué tipo de ciudades? En este sentido, ¿no debería la disciplina arquitectónica en su totalidad empezar a preguntarse cómo desarrollar ciudades más democráticas, con un mejor planeamiento urbano centrado en posibilitar un habitar confortante para la existencia humana?