Diseñadores estereotipados

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Hace poco acudí a unas conferencias de diseño en la ciudad de México. Hubo dos cosas que me causaron curiosidad: el tremendo parecido que existía entre casi todos por la forma en que vestían y la edad general, veinteañeros y uno que otro entrado en los treintas.

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Lo primero me llamó poderosamente la atención porque, aunque entiendo el estereotipo que muchas veces se tiene del diseñador (y que resulta ser cierto), el sentido de individualidad que se busca al igual que lo hace un adolescente, en donde se intenta ser diferente vistiendo igual que los demás. Y esto no lo digo a manera de provocación, sino tratando de entender que la forma en que se ve un diseñador pierde efecto cuando se junta con otros de su misma especie. Aquello que lo hace diferente ante una sociedad no tan heterogénea se neutraliza, y no solo en cuanto a la vestimenta, sino al nivel sociocultural en el cual se desenvuelve.

La mayoría se encuentra aún en una edad en la que buscar, experimentar y encontrar un camino propio son grandes y se trata de reflejar en el aspecto general de cada quién. Sin embargo, terminamos cayendo en los mismos estereotipos trillados de los que tanto pregonamos cuando presentamos una idea a un cliente. Ser diferente, romper con los esquemas, ser novedoso y vanguardista… pero terminamos comiendo todos de la misma sopa cuando de hacer branding personal se trata. Nos vestimos todos iguales, nos comportamos de la misma forma y resaltamos las diferencias con respecto a otros profesionistas.

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Quizá nos cuesta trabajo entender que mostrarnos diferentes ante una sociedad que nosotros mismos vamos cambiando implica mover nuestra forma mostrarnos ante lo demás. Y podrán pensar que esta columna está demasiado enfocada en la forma de vestir, pero en el fondo no se trata de eso, sino de que a veces para vernos diferentes hay que vernos iguales. Pensemos que si en alguna junta entran dos personas a la sala: la primera viste pantalones de mezclilla rotos, tenis Converse y una playera con alguna frase inteligente, y junto a ella alguien bien vestido (de oficina), zapatos de vestir, una camisa con corbata o blusa elegante, podemos fácilmente adivinar quién es el director creativo. ¿Y si se tratara de la persona que está bien vestida? ¿Qué pensaría alguien cuando se entere? ¿Causaría una mala impresión?

Ese mismo ejemplo podemos llevarlo al ámbito de los negocios, donde un diseñador difícilmente se le ve inmiscuido en temas financieros, legales o de ventas de cualquier empresa; donde en lugar de tomar decisiones únicamente con respecto a la imagen e identidad también sabe conectarlos con el mundo financiero, el de los números, las estrategias y los procesos de producción. En el mismo ámbito más que una sorpresa, debería ser una opción inequívoca de que el diseñador entiende el funcionamiento de una empresa en la misma medida en que exige un conocimiento y respeto hacia lo que él hace.

En realidad este comentario no se trata de la vestimenta, sino de la actitud que asumimos con respecto al mundo que nos rodea. Estudiamos diseño porque somos creativos, porque nuestro lado artístico pesa de una forma notable y domina nuestro cuerpo, pero ello no hace inútil el hemisferio opuesto: no es una virtud que un diseñador sea malo con los números y no sepa usar Excel, es una deficiencia, en la misma medida o quizá mayor en la que nos deslindamos de la parte de responsabilidad que nos corresponde al poner un gráfico ante los ojos del mundo entero.

Creo que como industria, involucrarla más en el engranaje económico de una sociedad que se mueve fuertemente por la publicidad y mercadotecnia debe hacernos fuertes, no relegados. No se trata de vestirnos diferente, sino de hacer que quienes nos ven piensen más y mejor que con respecto a nosotros.