La lenta agonía del arte en los discos

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Cuando quería estudiar diseño, mi principal motivación era dedicarme a diseñar portadas de discos. Me convertí en fan de a-ha, INXS, Beastie Boys y George Michael por el manejo vanguardista y conceptual con el que diseñaban sus álbumes.

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Cuando los discos se compraban en viniles, el arte era una labor paralela a la música: la superficie de la cubierta de 31cm era espacio suficiente para plasmar todo un concepto. De la misma forma se trabajaba la contraportada. La letra de las canciones se guardaba para la funda protectora y aún el centro del disco era diseñado con la misma intención en ambos lados. En los más atrevidos, podía abrirse la cubierta creando otras dos superficies para redondear el diseño.

Recuerdo perfectamente la frustración de comprar la versión nacional de los discos, que por cuestiones de presupuesto —quiero pensar— se sustituía la funda interior por una bolsa de plástico transparente mutilando la conceptualización total del álbum. Igualmente intervenían el listado de las canciones de la contraportada para hacer las traducciones correspondientes. Si querías obtener el paquete íntegro, debías ir Hot Disco o Sonido Zorba para hacerte de una versión importada.

Creo que nunca he sido un romántico que extrañe los discos de vinil. La calidad de la música digital es superior por mucho a la experiencia de tener que cuidar que tus discos se rayaran o se llenaran de scratch (el sonido polvoriento que se percibía entre las canciones especialmente). La llegada del CD cambió por completo no solo la industria de la música, sino la del diseño: el arte se contraía en casi dos terceras partes, pero se ganaba más espacio en el interior para completar el concepto. Recuerdo que el primer CD con el cual quedé totalmente asombrado fue Once Upon a Time de Simple Minds (de 1985, pero reeditado para CD en 1989), donde el diseño de cada página era totalmente vanguardista.

En los primeros días del CD, venía adentro de cajas que tenían el mismo ancho del disco, 13cm aproximadamente, pero con la altura de 31cm del disco de vinil; se trataba de una resistencia para evitar sustituir todos los anaqueles existentes (cosa que sucedería tarde o temprano). Sin la misma presencia que representaba el vinil, el CD aún compartía la misma importancia y cuidado por el arte de sus portadas e interiores, hasta que llegó el formato digital, que carecía de cualquier representación física y por lo mismo, predecía un golpe más para los diseños musicales.

Los programas de música como iTunes o los iPod fueron muy cuidadosos en respetar el arte que acompañaba a cada grabación —sea un álbum o tan solo una canción— y hasta hoy, aún cuando escuchamos música en Spotify, Pandora o similar, podemos apreciar el arte que acompaña a cada uno. Lamentablemente, la relevancia de estos diseños se va perdiendo poco a poco. Cada vez dedicamos menos tiempo a admirar el trabajo de diseño y por lo mismo, se reduce considerablemente el tiempo, esfuerzo y presupuesto que los artistas y disqueras destinan a este rubro.

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En México aún encontramos tiendas de discos en todas las plazas, pero sus espacios se han reducido para dar entrada a películas y series de televisión. Pero como si fuéramos una excepción, en Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Japón han desaparecido las grandes tiendas de discos y solo se pueden conseguir los CDs vía electrónica o en tiendas detallistas (como Walmart o Target), con un catálogo sumamente reducido o muy especializado.

Aun no sé si el arte de los discos desaparecerá por completo y cuánto tiempo llevaría, pero es un hecho que su relevancia es cada vez menor. Estamos usando tecnologías que hacen innecesario transmitir el arte de los discos. Hoy, quizá los artistas que apenas comienzan y no vivieron la época del vinil y el CD busquen empatar conceptos visuales a través de otros medios. Esperemos que no alcancemos a ver este fenómeno.