La muerte del fotógrafo

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¿Realmente los días de los fotógrafos profesionales están contados?

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Recuerdo cuando la computadora llegó a la mayoría de la gente acompañada de programas como Word o Publisher. Los diseñadores se quejaban fúricamente diciendo que la computadora haría desaparecer al diseño; si cada persona era capaz de diseñar e imprimir su papelería personal, las invitaciones para el bautizo de su sobrina y el menú de su restaurante, entonces el diseño tenía frente a un enemigo potencial que terminaría por hacerlo desaparecer. Hoy, 25 años después (años más, años menos), el mercado rebosa de diseñadores recién egresados y la sobreoferta es impresionante, al mismo tiempo que las empresas van entendiendo cada vez más el papel del diseño en la imagen y ventas de las compañías y negocios.

De alguna forma los diseñadores hemos ido entendiendo que programas como Word, Power Point, Keynote y Pages ofrecen formatos prediseñados, así como amplias librerías de imágenes a disposición de quien en realidad no quiere, no desea o no necesita los servicios profesionales de un diseñador gráfico. Algunas veces nos vamos con la finta, cayendo en la inocencia de dejarnos sorprender por programas automáticos y muy estéticos como Prezi, tal y como cuando nació Photoshop, donde hasta a una tarjeta de presentación venían con todos los filtros aplicados. Lo que importa, es que el diseño aún está aquí, con clientes dispuestos a paga, con el pleno conocimiento de su utilidad para todos los gustos, necesidades y precios.

Hoy, los fotógrafos se enfrentan a una realidad parecida: los primeros signos de una crisis de sobreoferta se dio cuando comenzaron a comercializarse masivamente las cámaras instantáneas. Hace unos 12 o 13 años, una cámara digital era tan cara que parecía inalcanzable incluso para los fotógrafos que querían migrar de la película y el negativo, pero como todo en la tecnología, los sistemas se fueron perfeccionando y haciendo cada vez más baratos y pequeños, hasta llegar al punto donde una cámara digital podía cotizarse en 5 mil pesos, al alcance de prácticamente cualquier turista ocasional.

Otro signo de alerta llegó con los bancos de imágenes —como Getty Images—, donde ya no era necesario contratar a un profesional para fotos de baja relevancia o genéricas, como fondos, texturas y productos; bastaba con rentar una (cuyo costo al principio era bastante alto), hasta llegar al formato de renta sin derechos de exclusividad —Rolyalty Free—, donde la suscripición a un sistema de licenciamiento como Thinkstock o Shutterstock te da la posibilidad de descargar imágenes y usarlas —aunque con ciertas restricciones—, convirtiéndose en un indispensable para quien se dedica al diseño.

El golpe final viene con la incorporación de cámaras en los teléfonos celulares y las aplicaciones que complementan sus pequeños lentes con efectos que antes tardarían mucho en poder realizarse a través de filtros, iluminación y revelados manuales. La diferencia de calidad era muy clara, una foto tomada por un profesional resultaba mucho superior a la que se podía producir desde un teléfono inteligente. Poco a poco los celulares fueron mejorando su calidad —no solo el tamaño de sus fotos—, hasta que la revista Vogue se atrevió a publicar un artículo de moda usando Instagram instalado en un iPhone.

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Cualquier lector con el ojo entrenado podría darse cuenta de ello, pero el resultado final es diferente a la que resultaría de una foto casual por Central Park. Es la continuación de un camino que hace evidente la labor de un amateur a un profesional.

¿Cuál será el futuro de la fotografía un el fotógrafo?

Todos estos sucesos van provocando que la labor de un fotógrafo se vaya cotizando cada vez más bajo, de alguna forma debe contrarrestar la oferta excesiva de quienes son fotógrafos ocasionales, diseñadores y editores que requieren fotos y pueden solucionarlo ellos mismos con cámaras de mediana calidad y bancos de imágenes con galerías sumamente amplias.

¿Pero realmente desaparecerán los fotógrafos? No lo creo, pasará quizá con lo mismo que ha estado sucediendo en el diseño, donde áreas como caligrafía y lettering se van haciendo más exclusivas, dejando fuera a aquellos que no están a la altura de un profesional. Definitivamente muchos fotógrafos profesionales deberán buscar alguna otra forma de ingreso, ya que al estarse comprimiendo el mercado, separará la línea entre los realmente buenos, con buenas conexiones y curriculum, de quienes van abaratando sus costos hasta llegar al punto en que se hará inviable seguir dando click.

Finalmente, esta reflexión nace de este video, donde con poco más de 800 fotos, nos da un panorama muy amplio de lo común que se vuelven las imágenes en Instagram y otros programas de captura en lugares y situaciones populares, comunes y muy cliché.

An Instagram short film from Thomas Jullien on Vimeo.