Los mejores maestros saben ser mentores

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Al terminar la carrera, una de las cosas que hemos acumulado a través de 20 años de haber estado en la escuela es una enorme colección de maestros, en una mezcla donde hay buenos y malos, exigentes y buena onda, los que sabían de todo menos enseñar y quienes aprendían al mismo ritmo de sus alumnos.

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En nuestra memoria, cuando los recordamos, existen esencialmente un puñado que podemos describir en dos grupos —no necesariamente opuestos—: por un lado, están los exigentes que nos rompían los trabajos en la cara y culpables de largas noches repitiendo láminas. Por el otro, aquellos quienes su enseñanza no termina al mismo tiempo que el semestre, sino que se extiende a lo largo de la universidad (primaria, secundaria o prepa) y en el mejor de los casos, por toda la vida.

En mi caso, mi maestro de biología en la secundaria pertenece al segundo grupo. Recién graduado de la carrera de ortodoncia —hoy, mi dentista— mis hermanos y yo fuimos uno de sus primeros clientes y ya desde hace poco más de 25 años. Me hubiera encantado tener un profesor así en la universidad, pero no me tocó la fortuna. Por el contrario, cuando estaba yo iniciando a la preparatoria, me recomendaron con uno de los diseñadores más afamados de México, lo fui a buscar en la escuela donde daba clases y lo encontré en las escaleras. Me presenté y le dije que traía algunos de los dibujos que hacía, especialmente «carteles» (dudo mucho que hoy pueda decirles igual, eran horribles) dibujados con Prismacolor sobre papel bond tamaño tabloide. Me preguntó si traía un portafolio. Yo, sin el conocimiento del lenguaje del diseño, le señalé el tubo de cartón donde traía los trabajos, disculpándome por no traerlos en un «portafolio», pensando que se refería a un portadocumentos físico. Así, sin siquiera voltearme a ver me dijo que cuando tuviera uno lo buscara de nuevo.

Hoy, cuando lo recuerdo, pienso en un perfecto ejemplo de mal praxis, negligencia profesional para alguien cuya labor está dedicada a todo lo contrario. Puede resultar normal para alguien de esos niveles te ignore y se sienta acosado por todos quienes quieren triunfar, pero no un profesor, alguien que ha decidido compartir su conocimiento para forjar nuevas generaciones.

Este evento quizá me marcó de por vida, por ello debo reconocer a aquellos maestros que se dedican a ser mentores, que no solamente se dedican a impartir su clase, sino que estudian, se preparan, se actualizan y preocupan por no dejar en sus alumnos un día sin que lleguen a sus casas y digan: «hoy no aprendí nada nuevo»; pero más importante, a quienes saben ser mentores: guías más allá del horario de clase y tienen la humildad para seguir aprendiendo de sus alumnos, en un continuo ejercicio de ida y vuelta.

Y es que un buen maestro, aquel que no solo busca el cheque de cada quincena, que se preocupa en la formación de sus alumnos, debe tener una capacidad más integral de detectar el talento y potenciarlo a su máxima capacidad y esa, no es una labor que termine cuando suena la campana. Y precisamente, son aquellos maestros que están siempre dispuestos a enseñarte en cualquier momento, que no tienen miedo de compartirte lo mejor que tienen y que te puedas superarlos con el tiempo.

Por eso hoy, día del maestro, es un buen día para reconocerlos, animarlos y pedirles que no dejen de hacer su trabajo.