Mea culpa

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Todos apedreaban a la mujer por adúltera, todos la castigaban y juzgaban con un ansia de moral tal, que podríamos describir el momento como universal e infinito.
Absoluto y superior, el que arengaba a la masa, nunca miró que de sus manos destilaba un autoritarismo de manera descomunal.

La muchedumbre, como siempre, subida a un inconciente colectivo vomitaba toda su vulgaridad y poder en cada piedra lanzada sin asumir por qué hacía lo que hacía.

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Este relato podría ser semejante a una escena de film de tiempos previos a la semana santa, una imagen secuencia que debo reconocer la extraigo pensando en episodios que muchas veces suceden en ámbitos académicos donde nosotros, los docentes y por sobre todo diseñadores ejercemos críticas despiadadas sobre ejercicios que son parte de una instancia de formación.

Pongo este tema ya que no quería dejar pasar por alto, al menos una vez en este espacio, cuestiones que no hacen bien a nuestra labor docente y profesional.

Veámoslo de esta forma, la torpeza adolescente es parte de transformaciones en la morfología de nuestro cuerpo y eso hace que no coordinemos distancias, fuerzas y tonos de voz entre tantas cosas.
Esa torpeza debe durar un tiempo, hasta que nuestro cerebro y cuerpo se pongan de acuerdo con la biomecánica adecuada para tomar la justa medida a los movimientos, fuerzas y demás cuestiones.

Lo mismo pasa y debería pasar en el ámbito de estudio, el proceso formativo en muchos casos adolecerá de muchas cuestiones y en otros con mayores virtudes naturales del alumno se expresará de mejor forma, pero sin embargo la media indica que las competencias siempre están y estarán en proceso de formación.

Nuestro mayor pecado, la arrogancia.
Nos encanta jactarnos al castigar y pedir más castigo cuando vemos una comic sans en un trabajo de entrega sin siquiera brindar una corrección objetiva que al otro le sirva por el valor de nuestra palabra. Ponemos ejemplos imposibles representados en marcas que nunca tendremos en nuestro portafolio con el solo hecho de humillar por nuestra condición de docentes.

Esto, lo digo porque en varias ocasiones escuché el incómodo y avergonzarte “en la universidad me mintieron”. Un rosario de ejemplos que pueden ilustrar esta triste realidad y de eso, somos culpables todos los que estamos de este lado del mostrador, los docentes y las universidades.

Damos por hecho que el libro manda y la calle no es parte del claustro formativo. Decimos, reafirmamos y aseguramos un brief es así y debe ser así o que el cliente tiene un vocabulario tan amplio como para entablar un diálogo sumamente profundo que debería escribirse un libro por cada reunión que tengamos.

La realidad indica que ninguno que está en diseño forma parte de esa supuesta fiesta que todos tratamos de sostener al decir que estamos en medio de un gran proyecto sumamente importante.

En cada cursada y hasta me atrevo a sumar mi vida profesional, siempre asumo ese lugar de, acá estoy para contar mi verdad, que no es más ni menos que la mía y que si puede ayudar a encontrar soluciones mejor.
Trabajo y hablo en un chequeo constante entre lo dicho y lo hecho, porque entiendo debe haber consecuencias y coherencias porque no soy gustoso de los efectos visuales de seducción profesional.

A los diseñadores nos encanta hablar sin demostrar y en eso rescato palabras de mi colega chileno que en más de una ocasión ha desafiado a los diseñadores en facebook a hablar menos y a hacer más.
Contamos con universidades llenas de docentes que casi no han ejercido actividad profesional, tenemos guías de libro pero sin capacidad de capear el temporal porque nunca lo han pasado, lo triste es que no lo han hecho no por no querer, sino porque el mercado laboral no se los ha permitido.

Muchos encontramos en la docencia un refugio para cubrir el desamor, un lugar para poder al menos hablar de diseño. En mi caso puedo hablar así porque llego a esta instancia académica de grande, no porque no la haya sentido sino por el contrario, porque la respeto y he respetado mucho la idea de entender que debía saber hacer para poder pedir con autoridad el día de mañana a quien tuviera delante sentado en un banco de universidad ávido por aprender.

Sigo pensando y creyendo que la educación requiere de una acción muy amplia de generosidad intelectual donde uno se pueda despojar de uno mismo, que pueda dejar de lado los prejuicios y por sobre todo los gustos arbitrarios para ejercer una mirada justa, crítica y positiva.

La gallina de los huevos de oro.
Todos creemos, escuchamos y decimos a viva voz que la educación es uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de una sociedad. Hoy las universidades proliferan como flores en primavera y de las que ofrecen carreras afines a lo estético aún más. Están dulces, van por más pero descuidan lo que más deben cuidar que es su plantilla docente, no observan y trabajan en serio sobre la calidad que se merecen en la dinámica educativa.

Tenemos profesionales mal pagos y hasta en muchos casos ad honorem por el solo hecho de estar vinculado con su ámbito profesional, no siendo esto ajeno a las tantas perversidades que la vida laboral moderna nos impone.

Tengo la sensación que se está sacando más leche que la que puede dar esta vaca, esa típica ambición que nos corre a los seres humanos al momento de creernos únicos sin dar lugar a pensarnos finitos.

Por mi culpa y por mi gran culpa.
A todos nos gusta esa parte donde nos vemos pecadores arrepentidos, golpeamos nuestro pecho hinchado de aire puro que limpiará nuestra conciencia, igualmente hacemos esto con la seguridad que nunca trabajaremos por pensar lo importante o lo necesario si al domingo siguiente volveremos a repetir nuestro dolor.

Constantemente me opongo a los cinco simples pasos para triunfar, al facilismo y a lo vulgar que la era nos impone. También me niego a entregarme por fama a endulzarte los oídos, prefiero bajo cualquier circunstancia un odio sincero que un amor por conveniencia aunque el mundo pida otra cosa.

El mundial se acabó, nos quedan algunos nombres de jugadores, estadísticas, pero la guerra nuevamente se desata con locura al tiempo que todos rezábamos por la paz. El diseño del balón del mundial es impresionante e impecable como esa ojiva de misil que cae violentamente en Gaza, mientras este cursor se mueve de izquierda a derecha proponiendo no mirar la letra sino a todo eso lo que la hace palabra, que nos hace y deshace porque en todo siempre hay diseño.