Obsesión por Yayoi Kusama

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Llegué al Museo Rufino Tamayo un sábado cualquiera con toda la intención de ver la exposición Obsesión infinita de Yayoi Kusama. Como sabía que la entrada estaba restringida y había una gran demanda traté de aparecerme lo más temprano posible: «Muy fácil —le dije a mi esposa—, llegamos a las 8:30 de la mañana, lo más temprano que nos tocaría sería a las 10:00 que abren el museo. Desayunamos y damos una vuelta por Chapultepec».

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Cuando llegamos la fila para comprar boletos era interminable, más de 450 personas adelante de nosotros (sin contar a quienes se habían ido a desayunar mientras uno se quedaba a hacer fila). El guardia de la puerta no paraba de repetir con cierto placer morboso a todo aquel se acercaba, que en ese momento estaban vendiendo boletos para la 1 de la tarde… más los 450 que estaban adelante de mí. Mi perspectiva era que entraríamos ya casi al oscurecer, con las salas estarían repletas.

Así que, con nuestros honores, abandonamos la misión y aprovechamos para dar una vuelta por el Castillo de Chapultepec y el Museo de Arte Moderno, abandonados por mí desde hace tiempo. Fue un día increíble, pero regresando a Yayoi, la obsesión por verla obviamente se incrementó, y lo más seguro era comprar los boletos por internet para alguna de las visitas guiadas, ya sea antes o después de estar abierta al público. Así que fui el martes, mucho más tranquilo, en un pequeño grupo que difícilmente llegaba a las 25 personas, con Miriam como guía en este recorrido por toda su obra.

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Lo primero que quisiera destacar de esta exposición, es el hecho de que está en orden cronológico, quizá hasta ella misma lo propicia: sus obras tienen, además de su firma, el año de producción de cada una. Se presta perfectamente para ver la evolución de Kusama a través del tiempo, cómo va cambiando su perspectiva con los años, cómo va y regresa a lo andado para complementarlo en alguna obra y sus obsesiones por ciertos rasgos particulares que le dan personalidad como los puntos, falos y flores.

Kusama nos muestra que cada una de las etapas de su vida las ha vivido con la obsesión que le acuña ese instante: quiso ser famosa, así que realizó todo un trabajo de investigación, desde quién podría ayudarla, sus direcciones y les escribió hasta que hubo quien la acogiera como aprendiz en Seattle, un trabajo que hoy catalogaríamos digno de cualquier stalker. Se obsesionó con los puntos, los cuales veía debido a una enfermedad que padecía. En su obra parecen formar parte de lo que quiere compartir con el espectador: «Mira lo que yo veo» balbucea en los cuartos oscuros con representaciones de punto en algunas partes de sus recorridos.

Vivió en una época en la cual la liberación femenina estaba por estallar, así que, como adelantada a su época, fue vetada incluso por el mismo gremio artístico. En su afán por ser famosa, aceptó —después de haber rechazado— colaborar con marcas como Louis Vuitton o la japonesa Uniqlo.

Vivió en Nueva York la mayor parte de su vida para regresar finalmente a su natal Japón. Se instaló en una casa de retiro, en la que a sus 85 años, se traslada a su estudio a pocos metros de ahí para continuar produciendo. El recorrido de Obsesión infinita inicia con sus obras en la década de los 30 y 40, hasta cuadros realizados apenas el año pasado.

Estas largas filas que se han replicado en casi todas las ciudades donde se ha presentado, no son otra cosa sino la misma intención de la artista por ser lo que ahora ostenta como una artista contemporánea digna de no perderse.

COLOFÓN

Hoy quiero aprovechar estas últimas líneas para agradecerte a ti y a Paredro la oportunidad de este espacio, que por más de un año y medio he tenido el placer de compartir experiencias y la cotidianeidad de un diseñador. Por el momento, es hora de unas vacaciones y cargar pilas para el año entrante. Mientras, los invito a seguirme en twitter (@marioba) o en Instagram (@mariobalcazar). Les deseo lo mejor en esta navidad y año nuevo y que el 2015 llegue con mucho diseño y oportunidades. Gracias por todo.

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