Tipografía digital 2: el difícil camino de las fuentes digitales

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La invención de la computadora no podía ser completa sin pensar en algún momento en la tipografía. Por más sencilla y funcional que resultara, los primeros programadores debieron invertir un tiempo para diseñarlas y hacerlas funcionar.

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La verdadera explosión llegó cuando IBM la lanzó como un producto comercial. Comenzaron a surgir procesadores de texto en todas sus facetas, desde muy sencillos para solo teclear textos planos, hasta otros más complejos que incluso permitían personalizar circulares o boletines. Un ejemplo de estos programas fue WordStar, que además tenía una capacidad muy rara a finales de los ochenta que era imprimir. Estamos hablando de impresoras de carrete y cinta —tal y como las máquinas de escribir—. La tipografía en el monitor era siempre la misma, había tan solo que escribir un pequeño código en el texto para declarar el tipo de letra deseada y su tamaño (había como 8 tipografías disponibles en puntajes de 7 a 12 puntos) e imaginar cómo saldría impreso, puesto que en el monitor seguía apareciendo la misma tipografía pixelada en color verde.

Este fue tan solo el principio de un problema que le ha sacado canas verdes a más de un programador: poder ver en el monitor lo mismo que se impime. Para nosotros hoy lo vemos como muy básico, pero ha sido una situación que apenas quedó solucionada en los últimos 7 años. A principios de los noventas llegó Word (ya sé que se inventó a finales de los ochenta, pero seamos sinceros, prácticamente nadie tenía acceso al susodicho programa), haciendo los primeros pininos en empatar la tipografía en el monitor así como en el papel. Y después uno de los primeros programas de autoedición: Ventura Publisher.

El problema residía en lo siguiente: era posible hacer que las tipografías se imprimieran mediante un lenguaje desarrollado por Adobe y Apple llamado Postscript, con su contraparte para PC llamada TrueType hecha por Adobe y Microsoft, que agrupaba las fuentes en archivos y programados por medio de algoritmos matemáticos que funcionan muy parecido a los vectores de Illustrator. De esta forma teníamos por ejemplo, la fuente Helvetica en un archivo para su versión regular, otro para las itálicas, otro para las bold y uno más para las bold itálicas. Sin embargo, funcionaban únicamente en impresoras compatibles con el sistema Postscript. Para poderlas ver en el monitor, había que sumarle otros archivos llamados «fuentes de pantalla», que funcionaban por medio de pixeles —como imágenes en Photoshop—. Éstas no venían en versiones itálicas o bold, sino por tamaños. Por ejemplo, se tenían para Helvetica un archivo para la versión en 8 puntos, otra de 10, 12, 14, 18, 24 y en las más completas 36, 48, 60 y 72.

De esta forma, cuando uno quería escribir en un documento Helvetica Bold de 16 puntos, el programa tomaba la más cercana —la de 18 puntos— y la rasterizaba para simular los 16. Hasta aquí no había mucho problema, pero si queríamos escribir un texto en 72 puntos y el archivo más cercano era en el 24 —como en la mayoría de los casos—, tomaba ese tamaño y lo crecía, teniendo como resultado una letra pixelada y a veces hasta incomprensible.

Para hacer esta tarea más llevadera, Adobe desarrolló un programa llamado ATM (Adobe Type Manager), que permitía redibujar la letra con base a las características previamente programadas para poderse visualizar correctamente en cualquier tamaño. Al momento de imprimir, lo que sucedía era que en lugar de tomar la fuente de pantalla, el programa lo sustituía por la fuente Postscript ya instalada en el sistema. De esa forma las impresiones siempre salían mucho más claras y nítidas que en el monitor.

Así vivimos por más de una década. Con el tiempo las tipografías fueron mejorando y los sistemas se hicieron más eficientes, pero nunca cambió esta combinación de fuentes de impresión y pantalla. Puedes revisar alguna fuente con más de diez años en tu computadora y te darás cuenta de lo que escribo. Por si fuera poco, todas las fuentes se cargaban en el sistema cuando arrancaba, de tal forma que si trabajabas en una preprensa o despacho el tiempo para cargar el sistema se volvía infinito, además que cualquier error de lectura congelaba el sistema y había que reiniciar el equipo de nuevo. Para sobrellevar esta tarea, surgieron algunos programas administradores de fuentes como Font Suitcase, que las instala y desintalaba sin tener que reiniciar el sistema completo.

En 2005 llegó OpenType, el cambio más significativo en tipografía, que simplificó las familias tipográficas logrando aglutinar todas las variantes en un solo archivo: todos los pesos, tamaños, variantes y caracteres especiales y en otros idiomas, con una economía de espacio sorprendente, de tal forma que teniendo un simple documento llamado helvetica.otf (OpenType Font) es suficiente para poder ejecutar cualquier tarea.

Este sistema ha permeado ya en las nuevas tipografías, sin embargo, aun existen muchas otras en el lenguaje PostScript o TrueType que requieren de ambos archivos. Afortunadamente hoy ya no debemos lidiar con ellas en ese sentido, basta con tan solo instalarlas y olvidarnos sobre su funcionamiento en el sistema, además que el sistema operativo OSX no las carga al momento de iniciar, sino que las activa solo cuando se usan, de tal forma que no sobrecargan el sistema ni le roban espacio a la memoria RAM.

¿Tienes alguna experiencia sobre fuentes que desees compartir? Esperamos tus comentarios.