Tipografílico

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Imagina que llegamos a un callejón oscuro en el que al fondo hay una puerta con una pequeña mirilla. Nos acercamos, damos tres toques pausados y tras un silencio se abre la mirilla. Debemos decir la palabra clave: —Chibalete—, pronunciamos con toda seguridad. Se abre la puerta y entramos.

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En la ciudad Diseño Gráfico hay muchos callejones como éste, donde de forma modesta viven tipos que se dedican a actividades demasiado específicas y que pocas veces tenemos oportunidad de conocer a fondo, aunque vemos su obra todo el tiempo y en todos lados. Si le preguntamos a los diseñadores a quiénes les gusta la tipografía, seguramente muchos levantarán la mano, pero hay un grupo que sabe realmente la inversión de tiempo y esfuerzo que implica dedicarse exclusivamente a la tipografía.

Podríamos pensar que el lugar al cual estamos entrando en el callejón es muy pequeño, sucio, asfixiante, pero no; todo lo contrario, aunque hay muchos adentro, el ambiente que se respira es luminoso y lejos de ser peligroso, amable y ligero. Aquí solo se habla de letras, y es que no se trata de un club de moda o vistoso. Aquí hablar de Arial vs. Helvetica o Didot vs. Bodoni resulta chocante, temas vistos hasta el cansancio entre quienes logran apuntalarse en la vanguardia del diseño y pensamiento tipográfico. Aquí hablamos de caligrafía, tipografía, lettering, diseño editorial, composición, de plecas y picas.

Hablar de temas de diseño es muy común hoy en día, hasta quienes no son diseñadores comentan sobre el rediseño de Google. Casi al mismo tiempo, este auge por diseño aporta a la configuración de cursos, diplomados, talleres, conferencias, coloquios y blogs de diseño. Supongo que hemos pasado esta primera etapa de generalización, en la cual los acercamiento al mundo del diseño nos más inocentes y puros, la gente cada día pide más sustancia. Quedan en desnivel aquellos eventos, donde la tendencia era solo presentar portafolios y el lucimiento personal de quien expone.

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Entre estos eventos quiero hablar de la fiesta al final del callejón, la que organizaron unos «tipos» y le pusieron su apellido: «Tipografilia», acompañados de una serie de talleres y mesas redondas en torno al diseño editorial, con el nombre clave «Chibalete» (Chibalete era, o es un mueble en el cual se guardan los tipos móviles de una imprenta). Y es que encuentro en él no solo una voz especializada en tipografía, sino un verdadero foro que pretende —sin pretender— aglutinar a una de las herencias germánicas que los mexicanos hemos logrado entender y más importante aún, reinterpretar a través de nuestra cultura tan singular.

Aquellas personas que trabajan detrás de un monitor y deben pausar constantemente cuando empiezan a ver todos los kernings iguales encuentran la luz, el brillo que implica traspasar su ordenador y ver aplicado su trabajo en carteles, libros, revistas y anuncios. Hablar con quien sí entiende y aprender unos de otros.

Esta sensación me tomó por sorpresa, esperaba yo un evento mucho más local, sorprendente que tras ocho ediciones los temas no se terminen, que den para mucho más y hagan reflexionar a quienes podríamos pensar han visto las letras en todas sus formas y directrices. Su homónimo alemán, Typo, que organiza conferencias anuales del mismo tema en Berlín, Londres y San Francisco no implica una calidad diferente a los que se ven en Tipografilia: temas con la misma profundidad y relevancia.

Espero verdaderamente Tipografilia crezca, que deje atrás el aspecto académico y se transforme en un portavoz que ayude al «diseñador de a pie» a conocer más sobre tipógrafos mexicanos, sus obras y sus productos, que podamos sobresalir en esto de las letras que sinceramente nos sale tan bien, donde el talento fluye.