Crónica de tu peor enemigo

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¿Cuántos metros o kilómetros miden tu satisfacción?

¿Cuántas horas alcanza nuestra libertad?

¿Cuánto miden tus límites?

Un domingo vivimos y experimentamos lo acontecido. Nos percatamos de un amanecer tras los montes de un cielo claro e inusual de la ciudad. Y que traspasando por paisajes soberbios que avivaban el intenso verde de una vegetación extraordinaria; es mensurable.

Cientos de chicos y chicas fueron participes de esta inigualable experiencia. Atletas, quienes pusieron a prueba su alma, destreza, veracidad, intensidad, enjundia…sudor y corazón. Al ver el sol naciente de un nuevo día la neblina acariciaba sus cuerpos competitivos y deseosos de lograr su objetivo.

Así fue mis queridos lectores. Así fue la “Quebrantahuesos 2009”. 0500hrs. (hora local). Salida, Estadio Olímpico Universitario. Atletas y aficionados a lo extremo se preparaban desde las instalaciones auriazules. Los faros de las patrullas, taxis y una diversidad de automóviles alumbraban la tenacidad de cada uno de estos ciclistas.

0600hrs. (hora local). El altavoz es encendido, dirigiendo a los competidores hacia la línea de salida. Nerviosismo, temor, angustia e inseguridad serian aniquilados una vez que las bicicletas comenzaron a rodar. El frio de 13 grados centígrados…¿Cuál? Si la adrenalina pura acobijaba a estos enfermos, o bien intensos deportistas. Primeros metros se han rodado. Aún faltan 206 kilómetros.

El primer receso de tres. Pareciera como un descanso eterno y acogedor sobre campos escoceses. El refrigerio acompañado de pasta, pan, naranjas, plátanos y bebidas energizantes. Ahí mismo, el reencuentro con los amigos se había podido lograr. Todos se comentaban los alrededores de apenas poco más de un cuarto de todo el circuito (64km).

Minutos más tarde los exhaustos y poco descansados atletas reiniciaban sus travesías por nuevos panoramas y pueblos dentro del Estado de México. Que para algunos emulaban a las más grandes obras de los paisajistas nacionales.

Era excitante darse cuenta de los hogares de estos innombrables pueblos se encontraban vacíos. Aromas de las cocinas pueblerinas se despejaban en los olfatos de cada uno de los competidores. Igualmente los lugareños celebraban la participación de estos rodantes. Aplausos y gritos de ánimo. Infantes y adultos mayores no fueron la excepción. Risas, brincos y miradas, las cuales podían motivar y revivir a cualquier moribundo. Se trataba de un desfile gratuito, el cual su goce era imposible de ocultar.

Uno traza su camino, o simplemente se deja llevar por la inercia del viento en contra o a favor. Una pendiente, declinación y/o curva el trazo lo hace aún más difícil. Lo impredecible de lo predecible. Lo inusual de lo usual. Esperar lo inesperado. Una concentración de acero era indispensable, de lo contrario incidentes se llevarían a cabo. De lo más normal como pinchaduras de llantas, choques. Hasta lo nunca inimaginable, caídas de ciclistas para evitar ser aterrizados en un barranco. Pero no importaba las múltiples malas experiencias. No importó cuantas veces cayeron, sino las veces que se levantaron y continuaron.

10 km hacia la cima parece sencillo. No es nada carismático cuando has tropezado por baches, vados, desperfectos impredecibles durante un sorpresivo recorrido. 198 km concluidos, 10km por finiquitar; su último suspiro, ultimo empuje. La sonrisa y satisfacción esperaban a lo alto de la cima, o mejor dicho. A lo alto de la meta.

Gracias a ti enemigo o contrincante

Gracias por haberme empujado para poder lograr mi victoria.

Gracias por que sin ti, esto no hubiera sido una competencia.

No hubiera habido salida, ni meta.

Me llenaste de satisfacción cuando crucé el último centímetro de la competencia.

Gracias por haber sentido lo que viví.

Gracias por cederme tu mano en ese saludo al cruzar la meta.