Cuando la tecnología nos alcance en diseño

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Cuando llegó la computadora a nuestras vidas nos prometieron que todo sería mucho más sencillo. Pues nos han mentido. Y las cosas no sólo se han complicado, sino que cada día resulta más difícil entender la tecnología que sale más rápido que un café de Starbucks.

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Y no crean que lo escribe alguien peleado con la tecnología, para nada, lo mío es el Bluetooth y las Apps, pero existe una cuestión que me motiva a morder de la mano que me da de comer, es la imposibilidad que hemos desarrollado de dejar fuera a la parte de la población que no logró subirse al barco a tiempo, es decir, cuando las cosas eran tan sencillas como prender la computadora, enchufarla a la corriente y conectarle el cable de teléfono para entrar a internet rogando que no entre una llamada porque se nos cae todo el sistema, o como cuando había que esperar viendo cómo avanzaba el ícono mientras se cargaba cualquier programa.

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Quienes lo logramos, hemos desarrollado un instinto de supervivencia que nos permite entender las nuevas tecnologías, especialmente sistemas operativos, programas y conexiones, con base en el conocimiento anterior, el adquirido de acuerdo a lo que utilizamos anteriormente. Pero quien apenas entró a la era computacional con un iPad o un iPhone, que usaba máquinas de escribir y las fotocopias olían chistoso, resulta mucho más complicado entender una nueva forma de vida usando objetos que se manejan remotamente.

Me preocupa un poco que conforme pasan los años, por ejemplo los bancos se esmeran por hacer difícil poder entrar para ver cuánto debemos en la tarjeta o si ya nos depositaron. Antes, con tu usuario y la contraseña bastaban, y por contraseña, me refiero a la fecha de cumpleaños de tu novia o a la palabra «password». Hoy, crear una contraseña requiere de tantos requisitos que hay que aprenderse un manual completo para saber que no pueden haber dos números seguidos, no puede ser la que pusiste hace tres meses, debe tener un signo y una mayúscula, el primer carácter debe ser mayúscula y debe estar consciente de saber qué letras van en altas o en bajas. Adicionalmente , hoy debemos traer colgado junto con las llaves del coche un chaperón que no está dando códigos diferentes cada minuto, y que si no nos apuramos para entrar, simplemente nos bloquea la cuenta, y entonces debemos llamar al banco y encontrar la ruta mágica que nos lleva a hablar con un ejecutivo que nos hará esperar por horas hasta que se haya terminado la pila de nuestra laptop.

¿Qué va a pasar cuando seamos más grandes? ¿Cuando ya no veamos bien y nuestros reflejos sean mucho más lentos haciendo que nos tardemos más de un minuto para entrar a nuestra cuenta? ¿Se volverá un lugar inaccesible, donde la única forma de acceder a nuestro dinero sea pagando con nuestro teléfono celular?

Quise poner este ejemplo para llegar al punto en que la tecnología avanza más rápido que nuestras capacidades. Quizá hoy pensamos que somos perfectamente aptos para sortear todos los obstáculos y conectarnos a un wi-fi, entrar al sitio del banco y digital todos los datos que nos pide tan rápida e intuitivamente que seguramente podremos pensar en otra cosa mientras apuntamos los usuarios y contraseñas, pero como diseñadores de experiencia —UX para los mortales—, no estamos tomando las medidas que requeriremos cuando hayan pasado nuestros mejores años y no logremos ver fácilmente los números del token sin tener que prender la luz de nuestro teléfono celular para estar seguros.

Cuando seamos viejos (asumiendo que la mayoría de quienes leen esto no lo son), seremos mayoría, con miles de usuarios y contraseñas de las que nos deberemos acordar todo el tiempo, deberemos tener la capacidad suficiente para saber qué aplicaciones apagar cuando se nos esté terminando nuestro plan de datos en el celular, poder agrandar la tipografía del teléfono cuando se nos hayan olvidado los lentes en nuestra casa y pensar bien antes de dar «ok» a la ventana que nos interrumpió mientras ejecutábamos una tarea en la lap top. Deberemos conocer bien la tecnología para pagar con nuestro teléfono celular en algún local y ser perfectamente conscientes de qué son los cargos que nos están llegando a nuestra cuenta de banco de forma domiciliada.

Con todo esto quisiera llegar al punto por el cual escribo estas líneas, que es presentar un área aún no explotada en el campo de diseño, que implica el diseñar para gente de la tercera edad, aquellos cuya visión se ha vuelto borrosa, los movimientos más lentos y torpes y con una memoria y agilidad mental no tan fluida como con la que gozamos hoy en día. Son contados aquellos desarrolladores que han tomado esta labor con la seriedad y la visión que requiere el saber que en 20 años la mayoría de la población mundial estará conformada por gente adulta. Y aunque no todos serán precisamente viejos y no todos —esperemos— llegaremos con nuestras facultades tan limitadas, sí será un tema lo suficientemente importante para prestarle la atención y seriedad que requiere.