Soy diseñador

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Si en este momento pudieras regresar el tiempo al día en que te inscribes para estudiar una carrera, ¿volverías a estudiar diseño?

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Esta pregunta la vivió en carne propia Laureano, un diseñador que después de un largo día en el estudio de diseño donde trabaja desde hace cinco años, se subió a su auto y al cerrar la puerta todo se volvió oscuro. Se encontró de pronto solo en el cubículo de admisiones de la universidad donde hace 10 años estaba a punto de escoger la carrera que quería estudiar.

En su momento no lo dudó ni un segundo, desde la secundaria se sentía ya atraído por los colores, las formas de las letras y la composición de las imágenes, estaba seguro que diseño era lo suyo, misma teoría que confirmó conforme pasaba cada una de las materias y ya en los trabajos que había tenido en su etapa profesional.

Era como si estuviera soñando, tenía frente a sí la forma en la cual debía encerrar en un círculo la carrera de diseño, solo que no existía. Tampoco había arquitectura ni mercadotecnia, otras dos que en algún momento pasaron por su mente, así que recorrió cada una de las opciones de nuevo. El decano, que se incorporó posteriormente, le decía que ya no había tiempo de pensarlo, que debía escoger una, así que Laureano optó por seleccionar la opción de administración de empresas turísticas.

Así que estudió esta carrera. Pronto se convirtió al mundo de la administración, realizó sus prácticas profesionales en un hotel de Gran Turismo en Los Cabos. Solo que había algo raro en él que lo diferenciaba de sus compañeros, siempre buscaba una manera distinta de hacer las cosas. Era muy creativo, «ocurrente» si le preguntamos a su compañero de cuarto. Se distinguía por cierta rebeldía que mostraba en su carácter: odiaba vestirse igual que los demás, así que buscaba la forma de siempre traer algo que lo distinguiera, cuando no eran las agujetas color naranja era un cinturón con grabados, o bien, los calcetines de rayas de colores y sus relojes de colores chillantes.

Siempre se las ingeniaba para traer un corte de pelo diferente, acomodaba la mesa de una forma que hacía que lucieran más los cubiertos y cuando estaba en la cocina, adornaba los platillos siempre de forma inusual. A las crepas, por ejemplo, en lugar de bañarlas con mermelada dibujaba palmeras o una tabla de surf. En fin, sus jefes siempre sufrían con él porque no podían alinearlo a los códigos de etiqueta. Por las noches, escuchaba música a todo volumen mientras dibujaba en una libreta algunas ideas de lo que pronto sería «su hotel».

Cuando se graduó, fundó su propia empresa de actividades turísticas en Playa del Carmen. La gente lo conocía porque su local, ubicado en La Quinta Avenida, tenía un diseño diferente que hacía que resaltara sobre los demás. Con todo y que era muy pequeño, siempre le había atraído el diseño más de estilo minimalista, así que uno no veía los típicos gráficos de la zona: la combinación de todos los colores del arcoiris en su logo, y una tipografía fuerte y pesada. Su diseño era más fino, formal y elegante, pero con algunos toques de color envueltos en un fondo azul turquesa más oscuro que el que distingue al mar del Caribe.

Si le pedías un folleto, podía pasarse horas diciéndote que él había tomado las fotos para que fueran diferentes a las que todos los demás tenían y que podías entender perfectamente los horarios de las salidas de los tours a Chichén Itzá porque había diseñado una tabla que se pudiera entender fácilmente, con un tipo de letra que pudiera ver la gente en la playa, que muchas veces no traía sus lentes puestos.

El camión, obviamente se distinguía por ese logo que había diseñado, era una composición con todas las atracciones turísticas más en una onda hipster, con iconos de las pirámides, tucanes y peces trazados por una línea delgada que iba cambiando de color en lugar de fotos que se van mezclando sin pensar si los colores quedan entre sí o que ensuciaran mucho el autobús. Eso te lo explicaba para que estuvieras seguro que estabas captando la idea de lo que quería decir.

Después, la pequeña agencia se convirtió en una empresa de más de 40 empleados en varias ciudades de la República. Laureano seguía vistiendo informalmente, con sus Converse y playeras de colores. En las juntas se aburría horrible, así que sacaba su libreta y se la pasaba haciendo garabatos pensando cómo serían los logotipos de su competencia.

Un día, se acercó un empresario europeo con vistas a asociarse con él. Tuvieron muchas reuniones, donde el departamento legal, contable y administrativo prepararon todo lo que sería la fusión. Dejarían de dar servicio al público en general y se enfocarían en viajes para ejecutivos. Laureano debía dejar el estilo de negocio que había creado y convertirse al estilo de esta empresa, mucho más serio, cuadrado y frío.

El día de la firma del contrato, Laureano no llegó. Rápidamente fueron a buscarlo a su casa. La señora de la limpieza les aseguró que la noche anterior ahí estaba, escuchando su música y dibujando en su cuarto, hoy vacío. Habían desaparecido solamente sus pinturas de color y libretas de bocetos, todo lo demás seguía ahí.

Lo encontraron hasta después de medio día, en el negocio de un amigo suyo que inició al mismo tiempo que él. Era un restaurante, con vista al mar y con un muro que siempre había estado adornado con jarrones de barro crudo.

Laureano había entrado a medianoche, silenciosamente limpió la pared y ahora estaba haciendo un mural, con un poema en un lettering verdaderamente envidiable, con un logotipo rediseñado y enmarcado con una ilustración del mar de Cancún, palmeras y el sol poniéndose entre gente tomando lo que aún quedaba de su brillo.

Todo su equipo estaba estupefacto mirándolo. Él solamente volteó y encogiendo los hombros les dijo: «Lo siento, soy diseñador, aquí y en cualquier vida que tenga».